Docentes vs YouTubers

¿Qué mantiene la atención de niños, adolescentes y jóvenes durante varias horas al día, sosteniendo entre sus manos una tableta o un teléfono “inteligente”? ¿Te has detenido a reproducir completo un video en Youtube del “standuppero” de moda? ¿Identificas los términos que utilizan para comunicar los chistes locales de corta duración ? ¿Has observado cómo reaccionan?

Las anteriores son solo algunas preguntas sobre qué es lo que obtienen las nuevas generaciones del contenido multimedia que circula en las redes, y por qué prefieren esos contenidos a los que se encuentran en libros de texto, documentales y, por supuesto, literatura en general.

Jóvenes y adolescentes tienen acceso a nuevos y creativos canales de comunicación, que les permiten consumir información en diferentes formatos, que se caracterizan no solo por su agilidad y sencillez, sino que, además, permiten la simultáneidad. Es quizá por ello que algunas batallas en las aulas se han perdido: su atención está atrapada en formatos dinámicos de imágenes, audios, representaciones y todo en el menor tiempo posible.

¿Es perjudicial? ¿Está afectando sus procesos de aprendizaje? ¿Resta a su desarrollo cognitivo? Los expertos estudian y responden desde su disciplina con diferentes argumentos.

Pero desde la docencia en tiempos de virtualidad obligatoria, observar los hábitos de consumo de información de los estudiantes es un “área de oportunidad”.

Hace unos días escuchaba a la directora del colegio de mi hija pedirles a los estudiantes –durante una sesión virtual– que encendiera sus cámaras para “hacer contacto visual” y “transmitir el calor humano” de la sesión. Y entonces me pregunté: qué tanto “contacto visual” se puede lograr con una clase de 20 almas detrás de la pantalla, de las cuales eres consciente de que están del otro lado por su imagen en el monitor, su avatar, su nombre de usuario y un círculo que vibra cuando detecta que tiene que reproducir una voz.

Para contestar, tienes que haber experimentado la virtualidad en diferentes matices: si tu aplicación permite tener en la pantalla el mosaico de los participantes, logras ir recorriendo cuadro por cuadro la imagen que se refleja de cada uno de ellos. Desde luego que habrá momentos en los que algunos miren fijamente la pantalla en el cuadro del moderador de la videoconferencia, otras veces notarás que se analizan en esa pantalla, que les devuelve su propia imagen; otras, verás su mirada que recorre de arriba a abajo en busca de algo. Pero… de ahí a establecer “contacto visual”, hay una brecha insalvalble. La virtualidad es diferente.

Los bloggeros, youtubers y standupperos lo saben muy bien: ellos se plantan frente a la diminuta cámara del dispositivo desde el cual se graban, sin importarles el contacto visual con las audiencias. No saben de qué tamaño será su audiencia. No hay un gesto, no hay retroalimentación, pero sí hay estadísticas de visualización del material, número de símbolos que se traducen en “me gustó lo que ví” o “no me gustó”. En el mejor de los casos, podrán leer unas cuantas palabras (comentarios)… pero lo realmente importante es el número de visitantes a su sitio, qué tan rápido se disemina su contenido y, finalmente, cuántas de estas visitas acumuladas pueden traducirse en “varios ceros en la transferencia realizada “.

¿Qué se podría “aprender” de estos comunicadores digitales, que nos sirva en las aulas? Primero: la habilidad para divulgar sus contenidos. Ese sería un gran éxito: “Docente calificado como el mejor, por su manera de enseñar ortografía, llega a 500 mil seguidores en un día”, con la consecuente ganancia económica que ello implica, claro está.

Desde luego, los docentes tenemos propósitos diferentes, pero no podemos dejar de reconocer que nuestro público es el mismo. ¿Qué tan difícil sería analizar la reproducibilidad, portabilidad y accesibilidad con la que existen contenidos en la red, para apropiarnos de esos formatos, y lograr empezar a tener cabida en los contenidos que habitualmente consumen nuestros alumnos?

Habilidades digitales para integrar contenidos académicos, tanto en las aulas como en las tareas escolares: si bien esperamos regresar a las modalidades presenciales una vez que se reduzca el riesgo derivado de la terrible pandemia que nos acecha, quizá podamos empezar a tener buenas prácticas virtuales. Dejar contenidos como tutoriales, clases magistrales, conferencias, videos elaborados por los propios alumnos, entre muchos otros recursos, que sirvan de apoyo para nuestras clases.

Conocer qué podemos realizar con los dispositivos de trabajo (tabletas, computadoras, teléfonos inteligentes) dado el desarrollo de las aplicaciones actuales, sería un buen principio para tener eso que en el mundo pedagógico se conoce como “aula invertida”. Ello permitiría integrar a nuestros alumnos, para que hagan uso de su creatividad y produzcan contenidos con las características que a ellos mismos les gusta observar: sintetizar conceptos, presentarlos en formatos divertidos, integrar audio y –muy importante– de forma breve e interactiva.

Los retos para adecuar la tecnología a la práctica docente son muchos. Afortunadamente, podemos ayudarnos de los mismos jóvenes de esta generación “nativa digital” para transformar(nos).

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